Por: María Ángela López Garboza
Hace 233 años abriste los ojos para no cerrarlos jamás. Algunos dicen que en Caracas, ciudad capital, otros hablan que fue en un pueblo de negros llamado Capaya, monte adentro en Barlovento.
Hay quienes aseguran que eras hijo de una esclava, otros dicen que esta solo te amamantó. Pero están esos que se niegan rotundamente a investigar tus raices, con un profundo temor a que sea verdad eso de que no tenías la nariz perfiladita como los españoles y que por el contrario tu mandibula era gruesa como la de los africanos. Estos últimos esconden en sus miedos la verdad de tus luchas, de tu vida y tus victorias.
El crecer entre personas que llamaban distintas, hizo que te dieras cuenta cuan iguales eran y cuan iguales somos, por eso te empeñaste en convertirlos en mujeres y hombres libres, que decidieran por si mismos como ser llamados, a donde ir y con que fin.
Esos miedosos también se empeñan en tenerte en un merecido pero caprichoso altar, que deja a un lado tu camino lleno de dificultades vencidas, para darnos la patria que hoy tenemos.
Quieren ocultarnos tu historia para que no siga floreciendo ese espíritu libertario que despierta cada tantos años, o mejor aún, no duerme mientras exista este pueblo valiente, pueblo de Simón el blanco, el indio, de Simón niño, de Simón mujer, de Simón bravío, de Simón el negro, del Simón que nació para hacerse eterno.
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